Estamos en plena primavera. A pesar de que cruzamos el equinoccio hace muchos días, hemos pasado un tiempo de frio y mucha lluvia. Por fin la lluvia como un regalo de la Madre Naturaleza. Y después de la lluvia ha llegado el sol, y los lilos están preciosos, y se ha borrado de los campos ese deprimente color marrón reseco.

Mi momento mágico de estos días ha sido volver a sentir ese olor que anunia el verano, un olor a tierra caliente, dificil de describir pero inconfundible. Es un olor que el subconsciente echa de menos todo el invierno, tu cuerpo lo añora porque está relacionado con el calor y la abundancia, y con los días de ocio, y con los romances fugaces, y con cosas pasadas que no volverán a ocurrir. Porque el sentido del olfato es capaz de evocar recuerdos muy vívidos, los más íntimos y entrañables. Con un olor concreto vuelves a vivirlos con sorprendente claridad, mucho más intensamente que con una imagen.

El olor del verano te retrotrae a muchos veranos antiguos, acumulados unos encima de otros, pero definibles por separado, muchos momentos guardados en la memoria, un paseo en bici por un camino polvoriento, un vestido de flores pequeñitas, una noche con los amigos, sentados en la acera aún caliente, contando historias de miedo.... Esos momentos que solo despiertan invocados por el aire calido que te rodea estos días de primavera.

Estos días son muy valiosos, porque este pequeño tesoro no se percibirá más tarde. Tu cerebro se acostumbra, durante el verano ya no lo aprecias. No te das cuenta de que hacia el solsticio de invierno lo habrás perdido, y de que no volverás a sentirlo hasta que pasen varios meses, largos y frios. Esos recuerdos concretos y personales permanecerán dormidos, no los podrás evocar ni con el mayor esfuerzo de tu mente. Solo el olor del verano podrá traerlos con la viveza del primer día.

Aprovecha ahora, para un momento en tu camino, y presta atención a ese olor, puede que te sorprendas gratamente.